FORTUNATA.— Soy ángel... ¿no lo ve?... Dios me lo ha dicho...
ESTUPIÑÁ.— Ángel, sí; bueno, esa convicción me gusta... Pero yo quisiera...
NARRADOR.— Interrumpió a la señora la aparición del Padre Nones, que no cabía por la puerta y tuvo que inclinarse...
FORTUNATA.— Padre, confieso que he tenido una pícara idea... pero Dios me perdona porque yo le he dado mi hijo a Jacinta... mi propio hijo...
PADRE NONES.— Hija mía, Dios es misericordia infinita, y mira más los corazones que las palabras.
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«El pasaje citado recoge la conmovedora agonía de Fortunata en el desenlace de la Parte IV de Fortunata y Jacinta (1887), momento cumbre del realismo galdosiano donde cristaliza el llamado “naturalismo espiritual”. En su lecho humilde de la Cava de San Miguel —el mismo escenario popular donde conoció a Juanito Santa Cruz comiendo un huevo crudo—, Fortunata formula con serenidad sublime su propia absolución: “Soy ángel... ¿no lo ve?”. Esta certidumbre no procede del delirio, sino de la coherencia ética de toda su vida: habiendo sido sacrificada por las convenciones de la moral burguesa, sella su destino donando a su recién nacido a Jacinta para asegurar el porvenir del niño y compensar la esterilidad de la esposa legítima. La intervención del Padre Nones subraya la mirada compasiva de Galdós, quien rechaza el fariseísmo de las instituciones para ensalzar la pureza virginal del corazón de la mujer del pueblo. Con este sacrificio, Fortunata trasciende su condición de amante abandonada y se erige en mediadora ética indiscutible, demostrando que la verdadera aristocracia reside en la nobleza moral del instinto materno».