NARRADOR.— Porque lo que allí veía era la capa de grana, el sombrero de tres picos, la casaca y la chupa de color de tórtola, el calzón de seda negra, las medias blancas, los zapatos con hebilla y hasta el bastón, el espadín y los guantes del execrable corregidor...
NARRADOR.— ¡Lo que allí veía era la hopa de su ignominia, la mortaja de su honra, el sudario de su ventura!
NARRADOR.— El terrible trabuco seguía en el mismo rincón en que dos horas antes lo dejó la navarra...
TÍO LUCAS.— (Con fría cólera). ¿Matarlos?... ¡No! ¡Sería poco!... ¡También la Corregidora es guapa!
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«El pasaje reproducido marca el punto de inflexión culminante de El sombrero de tres picos (1874) de Pedro Antonio de Alarcón. Al entrar en su alcoba y contemplar las prendas del corregidor secándose al fuego, el tío Lucas experimenta el colapso de su felicidad doméstica. La prosa de Alarcón despliega aquí una brillante acumulación descriptiva que desglosa minuciosamente cada pieza del uniforme absolutista (el sombrero tricornio, la capa de grana, la casaca tórtola), transformando los atributos del poder en mortaja simbólica de la honra campesina. No obstante, la genialidad del autor reside en subvertir el código calderoniano de la venganza sangrienta: en lugar de coger el trabuco y asesinar a los supuestos amantes como exigiría el drama trágico del Siglo de Oro, el molinero domina su primer impulso homicida y formula con fría cólera su estratagema de desagravio: “¡También la Corregidora es guapa!”. De este modo, la tragedia estamental queda desactivada y conducida magistralmente hacia el terreno de la comedia de enredo y la picaresca popular, consagrando el triunfo de la astucia y la inteligencia sobre la violencia destructora».