ESTATUA.— Don Juan, un punto de contrición da a un alma la salvación, y ese punto aún te le dan.
DON JUAN.— ¡Imposible! ¡En un momento borrar treinta años malditos de crímenes y delitos!...
ESTATUA.— Aprovéchale con tiento, que el reloj pronto dirá la hora en que te juzgará Dios.
DOÑA INÉS.— (Apareciendo en resplandor). ¡Clemente Dios, gloria a ti! Ya mi alma con su alma unida va a la eterna beatitud.
DON JUAN.— ¡Dios de clemencia, mi alma a tus plantas rindo!
(Cae don Juan en brazos de doña Inés, y de sus bocas salen dos llamas que suben al cielo).
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«El pasaje citado recoge la apoteosis final de la Parte II de Don Juan Tenorio (1844) de José Zorrilla, instante culminante que sella la transfiguración romántica del arquetipo barroco. Frente a la condena fulminante que Tirso de Molina impuso al burlador en el Siglo de Oro —donde la justicia divina castiga la soberbia con el fuego eterno—, Zorrilla introduce la doctrina católica de la gracia y el perdón in extremis. Ante la estatua del Comendador que proclama que “un punto de contrición da a un alma la salvación”, don Juan experimenta el terror de su propia culpa acumulada a lo largo de treinta años de crímenes. Sin embargo, la oportuna intercesión de la sombra de doña Inés —arquetipo del amor redentor virginal— disuelve la desesperación satánica del protagonista. La entrega confiada a la clemencia de Dios y la elevación final de las almas simbolizadas en llamas celestiales satisfacen el ideal moral del público decimonónico, convirtiendo la obra en un auto sacramental profano donde el amor auténtico triunfa sobre las ataduras del infierno».