DOÑA IRENE.— En todo lo que dice tiene razón mi hija... Pues no ha de ser así, señor don Diego; que la muchacha es muy obediente y no tiene otra voluntad que la mía.
DON DIEGO.— Calle usted, por Dios, doña Irene, y no me diga usted más que tiene razón la muchacha; que bien veo yo la que tiene, y usted es la que no la tiene...
DON DIEGO.— ¡Esto es lo que se llama educar bien a una niña: enseñarla a que desmienta y oculte las pasiones más inocentes con una pérfida disimulación!...
DON DIEGO.— Las juzgan honestas luego que las ven instruidas en el arte de callar y mentir.
DON DIEGO.— Se obstinan en que el temor y la sujeción han de hacer las veces del amor y la confianza; y quieren que con el sí de las niñas se forme el nudo de su felicidad o de su tormento eterno...
DON DIEGO.— Mandan que callen, pero no pueden impedir que sientan... Ve aquí los frutos de la educación.
DOÑA PAQUITA.— (Llorando). ¡Señor don Diego!... ¡Perdóneme usted, por Dios!
DON DIEGO.— Hija mía, nada tengo que perdonarte. Tú eres inocente; yo soy el que debe pedir perdón por haber pretendido torcer la ley sagrada de la naturaleza.
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«El fragmento propuesto pertenece al Acto III, escena VIII de El sí de las niñas de Leandro Fernández de Moratín y recoge el núcleo doctrinal de la comedia neoclásica española: el célebre discurso de don Diego contra la educación tradicional femenina. A través de una prosa reposada de impecable cadencia ilustrada, el protagonista formula un alegato implacable contra el sistema que adoctrina a las jóvenes en el disimulo y la mentira bajo la máscara del recato y la decencia (“las juzgan honestas luego que las ven instruidas en el arte de callar y mentir”). Moratín ataca frontalmente el autoritarismo paterno ciego encarnado en doña Irene, denunciando que imponer el matrimonio forzado a una doncella mediante el miedo equivale a condenarla a un suplicio permanente. La grandeza moral de don Diego se consuma al reconocer que la autoridad racional debe someterse a las leyes sagradas de la naturaleza y del corazón humano (“mandan que callen, pero no pueden impedir que sientan”). La escena compendia el ideal ilustrado: la superación del egoísmo individual mediante la razón generosa, convirtiendo el tablado teatral en una escuela cívica de concordia familiar y progreso moral».