POETA.— Yo soy aquel que ayer no más decía el verso azul y la canción profana, en cuya noche un ruiseñor había que era alondra de luz por la mañana.
POETA.— El dueño fui de mi jardín de sueño, lleno de rosas y de cisnes vagos; el dueño de las tórtolas, el dueño de góndolas y liras en los lagos...
POETA.— Y muy siglo diez y ocho y muy antiguo y muy moderno; audaz, cosmopolita; con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo, y una sed de ilusiones infinita.
POETA.— Yo supe de dolor desde mi infancia; mi juventud... ¿fue juventud la mía? Sus rosas aún me dejan la fragancia, una fragancia de melancolía...
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«El fragmento seleccionado abre la composición inaugural de Cantos de vida y esperanza (1905), cumbre lírica de Rubén Darío que consagra la madurez espiritual del Modernismo hispánico. Lejos de repudiar su trayectoria anterior, el yo poético formula un balance integrador que reúne sus dos grandes hitos previos: “el verso azul” (evocación de Azul..., 1888) y “la canción profana” (homenaje a Prosas profanas, 1896). Darío se define como artífice y dueño soberano de un universo estético poblado de cisnes, liras y góndolas, asumiendo con orgullo su condición de mediador transatlántico entre la tradición clásica dieciochesca y la audacia vanguardista simbolista encarnada por Hugo y Verlaine. No obstante, el tono del poema se tiñe de una sobrecogedora gravedad íntima: el artificio suntuario cede ante la confesión del sufrimiento biográfico temprano (“Yo supe de dolor desde mi infancia”), transfigurando el cromatismo brillante en una persistente “fragancia de melancolía”. Este serventesio magistral demuestra cómo Darío supo trascender el formalismo ornamental para dotar al Modernismo de una profunda dimensión existencial que inauguró definitivamente la poesía española del siglo XX».